Sus inolvidables actuaciones en “El padrino”, “¡Apocalipsis Now!» y “El precio de la felicidad” lo convirtieron en un icono de Hollywood. Estaba casado con la argentina Lucía Pedraza, quien dio la noticia de su deceso.
“Me gusta el olor del napalm por las mañanas” debe ser una de las líneas más icónicas de la historia del cine. El que la pronuncia es el teniente coronel Kilgore, un hombre alienado al mando de un batallón durante la Guerra de Vietnam, capaz de permanecer imperturbable en medio del fin del mundo, obsesionado con hacer surf mientras las bombas incendiarias le queman la piel a sus enemigos y sus hombres sucumben bajo la metralla del Vietcong. Personaje más grande que la vida en una película más grande que la vida, como ¡Apocalipsis Now! (Francis Ford Coppola, 1979), pero que no sería lo que es sin el trabajo áspero y enfermo que labró Robert Duvall en su interpretación. Actor emblemático de una generación notable, que se volvió inolvidable gracias a la personificación del sicótico de Kilgore, Duvall murió este domingo a los 95 años.
La noticia fue confirmada por su esposa, la argentina Lucía Pedraza, a través de la cuenta de Facebook del actor. “Ayer nos despedimos de mi amado esposo, querido amigo y uno de los más grandes actores de nuestro tiempo”, comienza la declaración de Pedraza, antes de informar que “Bob falleció en paz, en casa, rodeado de amor y confort”. Pedraza destacó que “la pasión por su oficio era igualada únicamente por su profundo amor por los personajes, una buena comida y ser el centro de atención. En cada uno de sus numerosos papeles, Bob entregaba todo a sus personajes y a la verdad del espíritu humano que representaban. Al hacerlo, nos deja algo perdurable e inolvidable a todos nosotros”. Cada expresión del texto de despedida que Pedraza escribió sobre su marido se ajusta con precisión a la realidad.
El debut de Duvall en el cine no podría haber sido más promisorio. Lo hizo interpretando un pequeño papel en Matar un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962), un clásico absoluto donde brillaba el enorme Gregory Peck, actor de fuerte presencia escénica a quién no es difícil imaginar como una influencia de peso para su joven colega, que por entonces tenía 30 años y una experiencia que se reducía a una decena de apariciones en televisión. En ese medio había hecho sus primeras armas audiovisuales a partir de 1960 y ahí seguiría trabajando de forma asidua hasta 1970. Tuvo breves participaciones en series muy populares como las fantásticas Alfred Hitchcock presenta o La dimensión desconocida, los policiales Los intocables y El fugitivo, las aventureras Viaje al fondo del mar y El túnel del tiempo, o la bélica ¡Comabte!
Su papel como el mayor Frank Burns en M*A*S*H (1970), de Robert Altman, marcó su definitiva instalación en el cine. Antes de eso había interpetado papeles menores en algunas películas recordadas, entre ellas los policiales La jauría humana (1966), acompañando a Marlon Brando, y a futuras estrellas como Jane Fonda y Robert Redford, o El investigador (1968), protagonizada por Frank Sinatra y Lee Remick. Incluso fue parte de un western legendario como Temple de acero (1969), protagonizada por una auténtica leyenda como John Wayne, donde también compartió el set con otra figura en ciernes como Dennis Hopper.
Sus papeles empezaban a ganar relevancia, cimentando un incipiente prestigio que no haría más que crecer. Fue de la mano de Altman que tuvo su primer rol principal en La conquista de la Luna (1967), donde se repartía el protagonismo con James Caan, otro actor con el que volvería a encontrarse repetidas veces en escena. Por ejemplo en Dos almas en pugna (1969), último trabajo de Francis Ford Coppola antes de dirigir El padrino (1972), donde ambos actores no solo coincidieron de nuevo sino que tuvieron el honor de compartir su primera candidatura a un Oscar como actores de reparto junto a Al Pacino, marcando un hito extraño. No solo porque tres actores de la misma película fueron nominados en esa categoría sino porque ninguno se quedó con la estatuilla, que se la llevó Joel Grey por su papel en Cabaret, de Vincent Minelli.
Dos almas en pugna significó además el comienzo de su relación con Coppola, con quién trabajaría en media decena de producciones, incluyendo un doblete notable en 1974, con La conversación y El padrino II, además de la citada ¡Apocalipsis Now!, por la que recibió la segunda de sus siete nominaciones a los premios de la Academia estadounidense. Resulta curioso que en las últimas cuatro, que se encuentran entre las películas más importantes de la historia, lo único que se repite además del nombre del director es la presencia de Duvall en sus elencos.
Su filmografía en los años ’70 incluye trabajos con directores notables, como ocurre en Aristócratas del crimen (1975), de Sam Peckimpah, donde otra vez coprotagonizó con Caan, o Poder que mata (1976), clásico del cine sobre medios de comunicación dirigido por Sidney Lumet. Pero también en películas de culto, como Los usurpadores de cuerpos (Philip Kaufman, 1978). Además recibió su primera nominación como actor protagónico por The Great Santini (Lewis John Carlino, 1979), donde volvió a interpretar a un militar con exceso de testosterona. Faltaba poco para que consiguiera quedarse con una de esas estatuillas emblemáticas.
Eso ocurrió gracias a su papel de cantante de música country, un hombre duro pero sensible que interpretó en El precio de la felicidad (Bruce Beresford, 1983), que ese año había competido por la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Duante el resto de la década de 1980 Duvall se mostró menos activo, aunque participó en algunos títulos de interés, como Confesiones verdaderas (Ulu Grosbard, 1981), donde sostiene otro duelo actoral con Robert De Niro; el drama deportivo El mejor (Barry Levinson, 1984), secundando a Redford, junto a un elenco de lujo con Glenn Close, Barbara Hershey y Kim Bassinger; o un policial intenso como Vigilantes de la calle (1988), dirigida por el no menos intenso Dennis Hopper, y coprotagonizada por un joven y no menos intenso Sean Penn.
En los ’90 fue parte de títulos populares como Un día de furia (Joel Schumacher, 1993); El periódico (1994), otra película sobre periodistas dirigida por Ron Howard; o La letra escarlata (1995), adaptación de la novela de Nathaniel Hawthorne dirigida por Roland Joffe. Sobre el final de la década llegaron dos nuevas nominaciones al Oscar. Una por su impresionante interpretación de un pastor televisivo en El apóstol (1997), escrita y dirigida por él mismo. No era la primera vez que Duvall se sentaba en la silla plegable: su debut como cineasta había ocurrido en 1974, con el documental We’re Not the Jet Set, donde retrató a una familia que se ganaba la vida trabajando en rodeos. Su segunda epxeriencia fue Angelo my Love (1983), donde narraba la vida en una comunidad gitana trabajando con actores no profesionales que se interpretaban a sí mismos. La película fue proyectada en el Festival de Cannes.
La otra nominación fue por su rol de reparto en Una acción civil (Steven Zaillian, 1998), con John Travolta, John Lithgow, Stephen Fry, William Macy, James Gandolfini y Sydney Pollack. En los ‘90 también participó de la adaptación de otra novela vital en la historia de la literatura, La peste (1992), escrita por Albert Camus, tercera incursión de Luis Puenzo en Hollywood, tras el éxito de La historia oficial (1985). Se trató además de una de las primeras manifestaciones de la relación estrecha que uniría a Duvall con la Argentina.
Ese vínculo se volvería evidente con el estreno de Assassination Tango (2002), su cuarta película como director. Este policial filmado en Buenos Aires no solo representa un homenaje de Duvall al género porteño, del que era fanático, sino que durante el rodaje conoció a Pedraza, que formó parte del elenco de la película y con quien se casó en 2004. Se mantuvieron unidos hasta la muerte del actor. Entre sus últimos trabajos se encuentran Gracias por fumar (Jason Reitman, 2005), Los dueños de la noche (James Grey, 2007) y El juez (David Dobkin, 2014), por el que mereció su última nomianación a un premio de la Academia. Actor incansable, trabajó casi hasta el final de su vida. Su último papel fue en Los crimenes de la academia (Scott Cooper), protagonizada por Christian Bale y estrenada en 2022. Duvall tenía entonces 91 años.
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